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Bella
como el girasol, de curvas pronunciadas y grandes bustos,
piernas torneadas como
bizcocho de maíz, su cara por mi borrachera no se notaba
muy bien.
Al pasar junto a ella en mi caballo a las 11 de
la noche, me pidió fuego para encender un cigarro, de inmediato
saqué mis fósforos y al encender, miré su
cara de yegua,
con sus grandes dientes y sus ojos rojos y endemoniados,
caí desmayado
sobre mi caballo y duré 4 días con la lengua trabada.
¡CLARO MUCHACHO ERA LA SEGUA!
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